lunes, 24 de febrero de 2014

Literatura, periodismo y masificación



La dimensión ensayística de GERMÁN ESPINOSA es asombrosa. La fuerza de su pensamiento sorprende porque parece iluminar nuestroS tiempos oscuros. Vamos a citar algunos fragmentos de su ensayo "LITERATURA, PERIODISMO Y MASIFICACIÓN" (La liebre en la luna, Ensayos completos I):

Por Germán Espinosa 

"Hace ya treinta años, en entrevista que publicó The Paris Review y que recogió más tarde en volumen The Viking Press, el novelista estadounidense Ernest Hemingway, contrariando las previsiones de quien le interrogaba, declaró que "el periodismo, cuando se llega a cierto punto, puede ser una autodestrucción cotidiana para un escritor creador serio". Sobra agregar que quien lo decía había sido, en su juventud, uno de los periodistas más notables de su generación, al extremo de que, aun hoy, cierta crítica morosa insiste en hallar en las novelas de Hemingway rezagos de estilo periodístico. 

                              
                            "La confusión tiene vario origen. Por una parte, existe acusada tendencia, en determinadas escuelas de crítica, a asimilar al mal llamado "estilo periodístico" toda escritura que, rehuyendo las complejidades barrocas, procure simplificar los adornos estilísticos y emplear un lenguaje claro, dirigido a las mayorías. Por otra, no debe olvidarse que, en sus orígenes, el periodismo fue asumido como un género literario, posibilidad que ya en el siglo XIX rechazaba don Juan Valera. En realidad, ninguno de los dos planteos es aceptable. En primer término, al trabajo periodístico no lo define en modo alguno el estilo. 

[...]

Su implantación como negocio y no como expediente formativo, llevó aparejada una intención política: la masificación, consistente en uniformar el pensamiento de las mayorías al más bajo nivel posible, con lo cual se conseguía la doble meta de halagarlas más fácilmente desde el punto de vista comercial y de hacer más expedita su manipulación desde el punto de vista ideológico. 

[...]

Así, el pensamiento filosófico, al par que las ciencias y las artes, quedaron relegados a secciones especializadas, que hoy han llegado casi a evaporarse. Dejaron de ser noticia. Se concedió atención a lo frívolo y pintoresco que granjearía la simpatía de multitudes de lectores. Sólo los desastres y la política permanecieron entre el material básico, pero esta última impregnada de todos los procedimientos emotivos y subliminales propios de la propaganda. "¿Dónde está el conocimiento perdido en la información?", se preguntaba T. S. Eliot. El curioso fenómeno subsiguiente consistió en que, muy pronto, aun las capas sociales tradicionalmente cultas cayeron hipnotizados por los medios de comunicación, se masificaron para adherir a comportamientos y gustos antes sólo propios de las clases incultas. Como un ejemplo, bastaría ver de qué modo la clase alta bogotana, en la actualidad, utiliza preferente y mayoritariamente la jerga del pueblo bajo, al punto de llegar a creerla de buen tono. No es, claro, que la haya aprendido a través de los medios de comunicación; pero éstos, al exaltar los valores procedentes del sustrato cultural más bajo, excitan esa fascinación que termina por hacer tabla rasa de toda jerarquía estamental. En nuestros días, no sólo la sociedad capitalista, sino la izquierda socialista intentan sacar todo el provecho que pueden de la monstruosa masificación universal originada en la información, olvidando que todo proceso evolutivo se realiza exactamente a la inversa, esto es, mediante una propensión general a los grados de excelencia. No logra, por desdicha, la informática llenar esas deficiencias, dada su incapacidad para imprimir a la información un sentido estructural, orgánico, flexible.

[...]

"La psicología, en los días que corren, no duda en postular de qué manera en un futuro muy cercano el mundo será hollado sólo por hombres atenaceados por la ansiedad y la inquietud, olvidados del sentido de los fenómenos, incapaces de creación individual, agresivos, nerviosos, malhumorados, destruido su ego, despersonalizados y agobiados por una insoportable crisis de identidad. Hombres-masa, en fin [...]". 

Nota: Tomado de Ensayos Completos I, Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2002.      



martes, 19 de noviembre de 2013

Conjuros del recuerdo: CUANDO BESAN LAS SOMBRAS

Por DIANA HERNÁNDEZ SUÁREZ 
(Universidad Nacional Autónoma de México
Email: dianahsuarez5@gmail.com)

Finalmente tratar de capturar la experiencia es lo que hacemos. Si algo nos mueve a escribir sobre un libro, un viaje o un amor no es sólo por "dotes" de escritor, sino por alguna extraña necesidad de fijar algo en la memoria, quizás ante la conciencia de su vulnerabilidad. Hasta el más fiel de los recuerdos, y hasta el más profundo de los amores se vulnera con el tiempo, cambia, se transfigura, lo perdemos: “ni el pasado es nuestro”.


Después de casi seis meses que han pesado como años en mi recuerdo he decidido fijar mi experiencia de Cuando besan las sombras, un libro genialmente musical de Germán Espinosa. Comencé a leerlo motivada por el escepticismo de que fuera el mejor escritor colombiano del siglo XX –yo dudaba que hubiera alguien mejor que García Márquez–. Sin duda, tras leer algunas de sus obras, he encontrado que no sólo es uno de los mejores escritores de la literatura hispánica, sino uno de los más reflexivos y profundamente intelectuales –no vacuos y pedantes como el grueso de nuestros grandes escritores–. El alcance de la construcción espiritual –no sicológica ni narrativa ni intelectual– de los personajes es inigualable con cualquier otro escritor que haya conocido. Su problema: es un escritor de élite, no de masas. Una de sus grandes obras, prueba de su gran inteligencia es La tejedora de coronas, libro del que hablaré en otra ocasión, cuando la experiencia deje de doler, o haya sanado lo suficiente para no derramarse.
Parezco decir que ya he sanado Cuando besan las sombras, razón por la que comenzaré a escribir sobre mi experiencia, y no tanto de la genialidad de Espinosa. Sin embargo no he sanado. Si ahora escribo es porque las reflexiones sobre este libro me asaltan cada día desde hace seis meses. Desde que ante el caribe colombiano terminé este libro no he podido cerrar una herida que abrió profunda en mi inteligencia. Porque Espinosa es un autor que hiere la inteligencia, lapsique en su sentido primigenio: el alma. Cada mañana, cuando recobro la conciencia, tras toda la dicha de la noche, me asalta nuevamente la visión de la amante fantasma. Cierta punzada me invade y tengo que contenerme, sonreír y buscar desesperadamente la alegría para pararla. Solución propuesta por el mismo Espinosa: el gozo, el gozo.
La experiencia, dice Sábato, es lo que transforma el recuerdo de la misma experiencia. Desde hace seis meses he vivido, viajado y navegado por lugares que jamás hubiera imaginado. He descubierto mundos. He encontrado caminos. Me he asombrado con la luz de un cuadro. Me he tranquilizado del temblor y de la angustia en los brazos de mi bien amado. He leído y releído el origen de mi angustia; como si se tratara de un deleite, tengo allí las imágenes fijas de los escritos –la búsquedas por revivir algo que ya estaba muerto, que nunca fue y que se derrama en vulgaridades que pretenden ser eróticas– que han agudizado la intensión de Espinosa.
Pese a que he podido leer, hablar y escuchar las “palabras” –preservadas por otros– del mismo Espinosa, no dejo de intuir que este escritor gustaba de esconder su inteligencia. El portento intelectivo de este hombre sólo se revela conforme pasan las páginas. Abruma su inteligencia, sorprende, asusta, avasalla. Estoy segura de que nunca habló, quizás salvo con unos cuantos, de sus reales intenciones al escribir, sobre el completo significado de su obra. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Sería dar una lectura predispuesta. La vida es como la literatura: una constante sorpresa.
Así como esas imágenes, fijas, inamovibles, tengo también mis impresiones temblorosas de Cuando besan las sombras. Todo lector atento sabe que la obsesión de Espinosa por el espiritismo y la reencarnación se verá reflejada en la casona del Escudo en Cartagena –de Indias, claro–, y que los fantasmas acosarán a Marilyn y Fernando Ayer, joven pareja que decide instalarse en ese viejo caserón por cierta inclinación intelectual. Pero el asombro de Marilyn ante el descubrimiento del “beso de las sombras”, su postración, su dolor y su profundo arrepentimiento no parece haber sido advertidos. Es el momento en que toda una vida, una ilusión y un mundo quedan escindidos, porque el “deseo” que se profesan Fernando Ayer y la sombra superan toda fuerza natural o racional. No se trata ya de amor, sino de algo más fuerte. Algo que supera hasta la más tierna de las compañías y la vuelve despreciable. Y sólo la inteligencia podría con ese besar de sombras. ¿Pero cómo la inteligencia podrá superar la mitología? ¿Lo fundacional? El lazo de Fernando Ayer es aún más fuerte con su fantasma que con Marilyn. Fernando funda toda su obsesión en el supuesto de que “ella” –el fantasma– lo está esperando desde el principio de su existencia, desde el fundamento de su vida. Olvida el valor de la vida y de los encuentros: “desde lo más profundo de los siglos todo está tramado para encontrarnos” –idea que explorará Espinosa hondamente en La tejedora de Coronas–. Prefiere un ciclo, un tiempo circular al destino. La única forma de traicionar el destino es quedarse en el tiempo mítico.
Ante la sorpresa Marilyn sólo atina a sentir asco ante esa relación entre Ayer y el fantasma. ¿Pero no resultaría absurdo su asco puesto que un fantasma no es un rival real? Pareciera que sí, que Marilyn no está esperando sino un pretexto para irse. Sin embargo ese asco es lo que la obliga a huir, a escapar cómo sea, tras lo que sea. Ese asco no es otra cosa que celos, rencor, tristeza y una certeza plena de que lo que los une –un mito– es más fuerte que cualquier amor construido de realidades. Marilyn jamás podrá superar al fantasma. Jamás podrá significar más para Fernando. Jamás podrá ser amada nuevamente. Con temblor se da cuenta de que ni aún ella muerta logrará generar lo que ese romanticismo cargado de egoísmo y de desprecio por la vida ha provocado en Fernando. Por supuesto que Ayer no pretende abandonar a Marilyn, ni cambiarla por un fantasma, pero no abandonará tampoco su ímpetu por rescatar esa experiencia fantasmagórica –muerta, contraria al goce–.
Al final todo termina en olvido. Fernando y Marilyn, ante la falta de inteligencia para abandonar, dejar atrás y olvidar lo muerto pierden no sólo el goce sino la vida. Pierden la memoria y sólo queda una nota musical que no logra sino transmitir tristeza disfrazada de belleza. Ni siquiera melancolía. La memoria no debería recuperarse explorando al fantasma, intentando olvidarlo, abandonando la vida por una fantasía. En otros textos Espinosa vuelve sobre la memoria y la centra toda en el gozo inalcanzable, en la experiencia fraguada en presente. Y la recuperación del pasado sólo puede ser lograda por el recuerdo mismo.
El enfermizo afán de Fernando Ayer por vivir en el pasado, por volver de la depresión una forma de gozo, pensar que el erotismo con un fantasma –casi necrofilia– puede revivir (“divertir”) un momento, son una forma de negar la vida. La existencia. La experiencia. El mito no logra fundar realidades, aunque las realidades logran fundar un mito. El asco de Marilyn no es sino una forma de la inteligencia ofuscada. Ante una revelación tan dolorosa como el beso de las sombras –el cambio de lo vivo por lo putrefacto– la inteligencia debe mover al abandono, al olvido, a la retirada. Los fantasmas asaltarán siempre. En la soledad –en los sueños– se puede incluso copular con ellos. Pero no parece leal para Espinosa incluir al “bien amado” –o al que se dice amar– en medio de esa nausea que se volverá en obsesión y al final en abandono.
Pero ¿escribir sobre la experiencia no es lo que hacemos, entonces? Sí. Pero parece haber una diferencia importante entre registrar la memoria y traicionarla. Crear realidades forzadas con seres que nunca existieron, y que si existieron no tienen nada que ver con el fantasma que queda; traicionar, con esa búsqueda de realidades disfrazadas de ficción, la experiencia, la vida y el amor parece estulto. Lo abrumante para el autor, en voz de Marilyn, no es la búsqueda por entender un pasado que acosa a la pareja, ni descubrir su origen; es preferir el vínculo y la fascinación por lo que ya no es ni será y nunca fue. No una utopía ni una quimera. Un muerto.
Finalmente ambos personajes, Marilyn y Fernando Ayer terminan huyendo tras sus respectivos fantasmas, asumiendo que es mejor esa compañía que ya no es, que ya no les pertenece. La vida se les va en creer que amar no es solo una quimera. Y el olvido los alcanza al haber traicionado el amor, la vida y el gozo.




jueves, 17 de octubre de 2013

Sexto aniversario de la muerte de Germán Espinosa: recuerdos de una conversación

Tertulia en Bogotá: conversaciones con Germán Espinosa (im memoriam)




Fue algún viernes de marzo del año 2003.

Bruscamente latió el corazón de Johann: debió sentir lo que Borges dice que uno siente ante la proximidad del mar.

Vio a Germán Espinosa, nariz sefardí, barba de chivo, corbata al punto, zapatos charolados, a escasos metros, sentado, apoyando su puño izquierdo en el mango del bastón. El escritor de 65 años se llevaba con la otra mano el cigarrillo a la boca; sus ojos chiquitos, casi asiáticos, disparaban afabilidad a través de sus lentes cuadrados. Fumaba también a su lado su esposa Aitana, pelicorta y de tez maquillada, de vez en vez agitando sus pulseras.

Nos aproximamos. 
Johann saludó sin reverencia y con discreción. Midió qué gesto se dibujaba en los ojos castaños de Aitana, misteriosamente redondos o demasiado abiertos como si continuamente estuviera sorprendida por algo, o irritada por el humo del cigarrillo o acaso por algún químico de su pestañina. De ella dependía toda simpatía con el escritor...

Johann sacó de su mochila las cinco novelas de Espinosa que había traído para pedir el autógrafo. Y como excusa para iniciar la conversación le dijo lo que ya me había dicho a mí, que La tejedora de coronas le había parecido genial, pero que personalmente La balada del pajarillo le había gustado más:

– La leí en vacaciones, y me iba temprano de las fiestas para seguir leyéndola toda la noche; esa obsesión de Braulio Cendales por la poeta catalana agarra, no suelta, subyuga – y puso su mano en su garganta para indicarnos cómo lo subyugaba.
 
  Espinosa estalló en una sonrisa triunfante. Johann también: estaba feliz de poder sentarse con su escritor favorito para expresarle sus simpatías. Quiso atemperarse, dando otro sorbo al café aguado con resinas de acero en el fondo por culpa de la lámina algo oxidada de la greca, y en un rapto de reflexión dijo de pronto que, como pensaba uno de los personajes de la novela, la admiración no era propiamente una virtud.
–… Pero yo lo admiro, maestro – le dijo a Espinosa –: digan lo que digan para mí usted es el mejor escritor vivo de Colombia.  

      –––– No me llames “maestro”. ¿No crees que es el comienzo de cierto fanatismo? – y Espinosa nos dibujó una sonrisa burlona, casi maligna por su barba de chivo.

Sin dejar de sonreír nos confesó que esa frase sobre la admiración no era propiamente suya. Se la había dicho el ex presidente López Michelsen, sí, para que escatimara. Espinosa le había escrito un libro apologético como apoyo a su campaña, por los años setenta del siglo pasado, pero ningún voto generó ese libro para el triunfo ni tampoco convenció a nadie. Y una vez presidente, López fácilmente se olvidó de él, “de ese escritorzuelo”. Sólo que el libro sí que había servido para algo: el repudio de la intelectualidad izquierdista y derechista y anarquista se batió contra él, contra Espinosa, por ser el “escritor vendido al régimen”. Y repudiado por León de Greiff, vetado del Café Automático y de diarios y revistas, Espinosa se convirtió en el perfecto chivo expiatorio. Se acordó de su suerte el canciller de turno, el historiador Liévano Aguirre, y enternecido por la ingenuidad política de aquel novelista en ciernes que desconocía cómo en política todo consiste en despreciar al otro, lo contentó con un mediocre puesto diplomático y lo envió al África profunda con escasos viáticos, aunque suficientes para trasladarse con su familia. Vivió un año a las afueras de Nairobi, y antes de regresarse lo pusieron de secretario en la delegación de Yugoslavia unos cuantos meses más, en tiempos del mariscal Tito, donde igualmente la bohemia estaba muy mal vista. Llegó sediento de alcohol a Bogotá en 1979 diciendo, argumentándolo mejor en su novela El magnicidio, que el comunismo tenía los días contados. La intelectualidad izquierdista no le perdonó tamaña blasfemia y aun lo aisló el doble.

Doña Aitana sonrió de esa anécdota como si le despertara felices recuerdos. O como si se burlara. No había ceniceros en aquella cafetería y con discreción arrojó al suelo su cigarrillo ya consumido hasta el filtro y que amenazaba con apagarse en sus dedos amarillentos, y Espinosa lo aplastó con su bastón como si fuera una luciérnaga moribunda.

Fue entonces cuando resbalé la conversación por pendientes abruptas.

Por esas fechas acababa de salir Memoria de mis putas tristes, y me atreví a preguntarle a Espinosa si ya había leído la última de su principal competencia literaria. Se lo dije así. Me gustaba dar caña.

El viejo costeño alzó las cejas. Quiso como enfurecerse, pero tosió ahogadamente treinta segundos por el enfisema pulmonar. Johann me clavó sus ojos como si me acusara de estarlo matando. Se recobró el escritor. Volvió a encender otro cigarrillo y sin desdibujársele cierto rictus de asfixia aceptó responder a mi desafiante pregunta:

      – Esta mañana – nos contó – recibí la llamada tal vez de un despistado o perverso periodista, solicitándome alguna opinión sobre la novela de nuestro Premio Nobel. Le aclaré que cualquiera que fuese mi opinión no iba aumentar ni a desmejorar las ventas, ya aseguradas por el excesivo despliegue publicitario, de una novela pésima que en nada afectaba por lo demás la grandeza de su autor.

Su acento caribeño sonaba adelgazado por tantos años en Bogotá. Y añadió:

    –  No creo que saquen mis declaraciones. Hace rato dije también que lo que pasaba era que Gabo se quedó en los años cincuenta.

No lo entendimos e hicimos un mohín de extrañeza. Espinosa se apoltronó en la silla, cuya madera lamentó su peso, y volviéndose a incorporar de nuevo nos explicó:

– Él ya no vive en la realidad o no la experimenta de frente, sino a través de sus admiradores. Le pasa lo mismo que a los reyes y presidentes, que se enteran de lo que sucede afuera de sus palacios por lo que deciden contarles sus camarillas de servidores. Desde el Premio Nobel no han dejado de celebrarlo. Yo lo conocí en una bar nocturno que ya no existe, por aquí por Las Aguas, a mediados de los cincuenta. Ambos oficiábamos de periodistas. De esa época son La hojarasca y El coronel. De Márquez me gusta hasta El otoño. De resto se ha vuelto muy cursilón. Pero no hagan caso de mis opiniones. No hereden mis odios.

Johann, con la boca abierta de admiración, la cerró con cierta vergüenza.

– Ustedes ya han ido a Europa, ¿verdad? – prorrumpió Aitana, sonriente, un poco abstraída, como si acabara de salir de algún trance místico.

– No –, dijimos casi al unísono, algo confundidos por el cambio de tema.

– Deberían – y sonriendo apuró su café y aspiró largamente del nuevo cigarrillo que había encendido como si quisiera morirse al soltar la bocanada de humo.

Espinosa se excusó para pasar al baño. Una vez que se oyó cómo ponía el cerrojo, de repente Aitana acercó más la silla a la mesa. Nos sonrió con complicidad. Había desaparecido de su rostro ese velo de mujer abstraída, acostumbrada a la incomodidad de la vida bohemia de su marido a quien seguía a todas partes como si cumpliera con algún designio del más allá, con una reverencia mística. Se acomodó su pelo corto a la altura de sus orejas y se sobó sus manitas. Tintinearon sus pulseras. El maquillaje alrededor de sus ojos recobró cierto aire egipcio, y con otra sonrisa nos celebró que no tuviéramos nada de esos poetastros del barrio colonial de ojos vidriosos, alcoholizados, que a menudo irrumpían en el café alabando a su marido, pedían un trago de aguardiente o de whisky y, cuando ya estaban borrachos, lo insultaban con la misma facilidad con que lo habían elogiado. Vigilando que no se aproximara su marido, nos dijo que quería dejarnos algo en claro: 

      ––– Figúrense. Él quisiera ser más famoso, tan popular como Márquez. Pero hace literatura demasiado culta, restringida. Es muy terco y no quiere admitirlo.

Quedamos sin habla. Speechless. Nos pidió a los dos que siguiéramos viniendo al café. Que yo siguiera trayendo a Johann. Los alegrábamos. Silencio. Spinoza se aproximaba.

Creo que a continuación nos levantamos de la mesa y pagamos la cuenta y que don Jaime, el gordo tendero con un ojo gris y el otro azul, nos recibió el dinero, pasándose varias veces la lengua por el labio superior como si fuera una forma de contarlo, sacando de vuelta unas monedas de la caja registradora. Acababa de despachar a otro cliente con cierta finta de mochilero europeo aunque ya algo cuarentón, y dijo:
      –––– Ese israelita – señaló, poniendo los labios como trompa en la típica forma colombiana de señalar so pena de hacerlo con el dedo y recibir un balazo –: no me creerá, maestro – le dijo a Spinoza, – si le digo que es un vendedor de armas. La otra vez dejó un correo abierto. Vive por aquí, pero – apuntó acusando también en su voz carrasposa el eco de un enfisema – allá se lo haya cada uno con su pecado; no saca uno nada si se pone uno a denunciar.

Espinosa celebró esa sabiduría popular.

– Con tal de que no le venda armas a la guerrilla – añadió sin ningún énfasis,  – todo está bien, Jaime.

El mediodía vivaqueaba contra los espejos de agua de la avenida Jiménez. Las palmeras cobraban un verde más intenso. Las muchachas de los Andes caminaban despojadas de suéteres o chaquetas, en blusa, desnudas de brazos. Acompañamos a Espinosa y a doña Aitana hasta la cuesta de las Torres Jiménez de Quesada. 
Veíamos  todo tipo de peatones: obscurantistas señores en corbata bajando del barrio colonial; beatas chismoseando en una esquina; un escuálido lustrabotas apostado a la salida de un parqueadero; un rudo mendigo pidiendo limosna a estudiantes y a empleados asustadizos, que apuraban el paso; un lotero canoso, engominado, cuchicheando entre taxistas de ojos agrios, mal parqueados en una esquina; por todas partes miradas siniestras.  

Espinosa se había quedado rumiando lo del vendedor de armas israelita – el origen del mal – y nos compartió de pronto una noticia sobre su hijo mayor:

      –––– Lo ascendieron del batallón antiguerrilla en el río Arauca a capitán de corbeta. Ya está en la sabe naval de Cartagena. No saben qué preocupación nos quitaron de encima a Aitana y a mí. 

John me dijo después su incredulidad de que el escritor humanista tuviera un hijo militar:


– Las armas y las letras. Ya sabés – le dije –.  Desde don Quijote.

(Fragmento de Cuestiones espinosas).

sábado, 13 de julio de 2013

SALMO DE LOS FRACASADOS



Por ÁLVARO BUSTOS GONZÁLEZ

Buscando por ahí cosas de Germán Espinosa que no había leído, topé con este poema que hace parte de una antología de poesía colombiana recopilada por Rogelio Echavarría. Espinosa quiso que se le recordara como un poeta que narra, pero su obra en verso no tuvo la misma fortuna de sus cuentos, ensayos y novelas. Ese aparente fracaso en el campo de la lírica se le atribuyó a su empecinamiento con la obra y el estilo del fundador del modernismo en hispanoamérica, Rubén Darío, y a la influencia psicoafectiva que en él ejerció la obra de León de Greiff, su amigo, maestro y contradictor en sus raptos de antipatía. Este poema, Salmo de los fracasados, tiene elementos estructurales en los que ambas influencias son reconocibles. A mi juicio, en estos versos logra Germán Espinosa su legítimo anhelo de ser considerado como un rapsoda. No sé cómo lo habrán tomado otros; a mí me basta la perfección conceptual e idiomática en ellos implícita, su ritmo y su aire desgarrado, pero sobre todo el que Rogelio Echavarría los haya elevado a una categoría superior:

“Somos los receptores de toda altanería, /el tremedal sobre el cual se erige cada triunfo. / En nosotros fincan sus pies los vencedores / para, hundiéndolos en nuestra blanda materia, alzar / el temerario vuelo. / Para que fulja su prestigio, / necesitan que soportemos su desprecio, que exultemos / en nuestra humillación. / Para que brille lo demás, / debemos dar la contrafaz opaca: sin nuestra sombra, / la luz sería menos luz. / Nos arrastramos, nos retorcemos contrahechos, / para que Apolo implante su belleza. / Y aquí estamos: oficinistas, mecanógrafas, / astrosos mendigos, barrenderos de calles mustias, / carteros, vendedores de frutas, estibadores infinitos, / poetas ignorados, artistas sin duende, / mozos de restaurantes, actores de reparto, / solteronas transidas de decoro, / disimulando el agujero en la suela, el cuello raído, / cubriendo con sobretodos grises la impresentable chaqueta, / con bufandas mohosas la desvaída corbata. / Sin nosotros, no seríais excepcionales, ¡oh triunfadores! / Sin nosotros, vuestro mundo, victorioso, resultaría / monótono y frío. / Sin nosotros, ¿qué fulgor tendrían el ministro recién / posesionado, / el general de la república / o la dama de sociedad? / Somos el fundamento del triunfo, la materia esencial / de todo esplendor. / Sin nosotros, nada seríais, ¡oh otros!, / ¡seríais los nosotros de otros vosotros cualesquiera! / Porque somos la piedra angular de toda grandeza, / la sustancial tristeza en que puede el mundo fundar / su vindicativa alegría”.

Unos utilizan la injusticia y la falta de compasión del género humano para atizar el odio entre hermanos; Germán, manchada su autoestima por el desprecio de sus congéneres y de los críticos de oficio, sublimó su angustia y su tirria en este canto a la veracidad antinómica de la vida: mientras unos ganan, otros pierden; mientras unos son aplaudidos, otros sólo merecen el desdén de sus semejantes; mientras unos ostentan las luces, otros sucumben a las sombras. Y lo hizo con una sutil ironía, sin perder los estribos de la razón, que también sirve para descubrir y escribir la poesía.

Hasta ahora desvelé el río interior que me llevó a preferir a dos escritores en apariencia tan disímiles: Germán Espinosa y Julio Ramón Ribeyro. El título del diario de Ribeyro lo dice todo: La tentación del fracaso. En ese libro de recuerdos plagados de soledad, temores literarios y aislamiento social, Ribeyro le reclamó al mundo su derecho a ser nadie, a no hacerle concesiones a las modas ni a las iluminaciones de la vanidad; Germán, en unos versos libres, breves como el postrer reconocimiento a su obra, se quejó sin amargura de la ceguera mezquina de quienes no le concedieron a su literatura el rango estético, culto y erudito que ella, sin imposturas ni facilismos, posee.
La vida de ambos, de Ribeyro y de Espinosa, estuvo marcada por el cigarrillo; ambos padecieron un cáncer derivado del vicio de la nicotina; ambos hicieron público su amor por Stendhal, Thomas Mann,  James Joyce y Jorge Luis Borges; ambos estuvieron por fuera de los estrépitos publicitarios del boom de la literatura latinoamericana, y ambos, por una decisión consciente que los hará perdurar más allá del egoísmo de sus contemporáneos, armaron su rancho muy lejos del realismo mágico, afincados en la verdad verdadera del hombre y sus fantasías.