miércoles, 17 de octubre de 2012

EL CUERPO INTELIGENTE EN "LA TEJEDORA DE CORONAS" DE GERMÁN ESPINOSA

Nota: Ensayo leído en el marco del congreso "En Route: Journeys of the Body and the Soul in Iberian and Latin American Literatures". The University of Chicago, October, 12, 2012.


Venus Calipigia Emeritensis (arrogantis est)


A cinco años de su desaparición (murió el 17 de octubre de 2007), Germán Espinosa incita a una relectura de sus mejores obras. Menos conocido en el exterior que García Márquez, Álvaro Mutis y Fernando Vallejo, la obra de Espinosa no solo está a la altura de tales novelistas; también está en orillas opuestas porque es una gran síntesis de técnicas y géneros. 

            En 1969 están fechados los primeros manuscritos o versiones de La tejedora de coronas, su novela más conocida y la más estética y ambiciosa. En varios entrevistas Espinosa dijo que recibió el impulso inicial cuando vio por televisión el alunizaje de Neil Armstrong. Es indudable tal inspiración porque la novela está llena de referencias astronómicas. Pero hay otro dato en el que la crítica poco se ha detenido. A finales de 1967 Espinosa se enfrentó con el techo más alto de calidad literaria con que un escritor colombiano podía encontrarse: Cien años de soledad. ¿Qué sensación le produjo esa lectura? Me parece que Espinosa sintió, ante esta novela exitosa, un desafío personal: querer igualar, acercarse, hacer una variación personal o hasta superar de algún modo la universalidad de Cien años de soledad. Pero también marcar distancia con la técnica y el estilo de García Márquez. Con el realismo mágico.

       La narración de La tejedora está en primera persona, es Genoveva Alcocer. Y el orden cronológico de su narración se rompe por el fluir de sus recuerdos que se van relatando en círculos o espirales concéntricas: entre el Caribe y el Mediterráneo, entre Europa y América, teniendo como punto de partida Cartagena de Indias asediada por la flota francesa en 1697 cuando el rey de Francia, Luis XIV, ordenó atacar este puerto del Caribe, uno de los más importantes del imperio español, para que la Corona de España cayera en manos de los Borbones. A pesar de que las aventuras de Genoveva duren casi 80 años, hay una Genoveva que nunca envejece, que permanece joven a lo largo de la novela, que siempre se está refiriendo a los hechos inmediatamente anteriores al ataque de la flota francesa. 
La parte más intrigante de la novela es cuando Genoveva está presa en el tribunal de la Inquisición de Cartagena, acusada de brujería por el Santo Oficio, de pertenecer a la logia de los masones. Porque ella habla de un fantasma que la acompaña, la bruja de San Antero, que tal vez pueda ser su mismo reflejo de joven. Y que tal vez nos lleve a pensar si Genoveva realmente salió de Cartagena, si no se quedó allí soñando todas esas aventuras con los masones en París, con los geógrafos, con Voltaire, con los astrónomos de la corte de Luis XIV. No es aventurado pensarlo. La novela comienza con la masturbación femenina. Comienza relatando cómo Genoveva goza de la auto-contemplación de su cuerpo en un espejo puesto en su bañera. Sí: Genoveva se nos presenta de diecisiete años, desnuda, contándonos cómo se refleja en los cristales biselados de su caserón colonial, solitaria porque los piratas acabaron de arrasar su ciudad, sollozante porque anhela el cuerpo de su novio Federico, fusilado por el gobernador por simpatizar con los piratas, y mar adentro truena la tempestad nocturna.

[…] y quedé desnuda frente al espejo de marco dorado que reflejó mi cuerpo y mi turbación, un espejo alto, biselado, ante cuyo inverso universo no pude evitar la contemplación lenta de mi desnudo aún floreciente [anhelando] al adorable adolescente que me había hecho comprender […] la función nada maternológica ni mucho menos lactante de mis eréctiles pesones […] y me sentí avergonzada del recorrido escalofriante, y quise eludir el reflejo de mi cuerpo [… pero mis ojos permanecían fijos]  en la hendidura que parecía temblar de placer bajo la maleza rojiza del vello, cuya contemplación me hacía sentir un escalofrío eléctrico, como de ámbares frotados, una especie de zigzagueante relámpago como esos que alborotaban el mar, recorrerme las piernas, que apretaba entonces como los niños cuando no pueden retener la orina, y el efecto era igual que si me hubiesen masajeado los muslos, como una esclava hizo alguna vez para curarme un calambre, así que pensaba en mi buen confesor, muerto por los piratas, y en sus advertencias piadosas sobre los desvíos compulsivos que Satanás nos alienta, e imaginaba un cabezal apropiado para cauterizar la cisura de aquella enervante sangría, para restañarme la herida del sexo como si fuera la del cordón umbilical, y sentí entonces la necesidad de algo que lo taponara profundamente hasta cortar o estancar aquel flujo magnético que me hacía apretar los muslos y evocar con furor el cuerpo amado de Federico…

En términos de sexualidad, de alma y cuerpo, de erotismo, lo más interesante es la Genoveva de 17 años, en pleno despertar sexual, y en el curso breve del mes de abril de 1697, antes y durante la toma de los piratas. Ahí encontramos lo mejor, lo que nunca se desmaya ni pierde intensidad en toda la narración. Quisiera resaltar los episodios que van marcando el despertar erótico de Genoveva.

-       Visión desnuda del esclavo de la casa de sus padres, que se llamaba Bernabé, y aquí hay que recordar que Cartagena era el puerto esclavista más grande del imperio español. Es él, Bernabe, el primer hombre desnudo que ella ve.

“…un negro muy corpulento, hijo de viejos esclavos de los Goltar, que se bañaba completamente desnudo junto a un aljibe, lo cual, por su condición de esclavo, no podía ser motivo de escándalo, ya que con los negros el pudor no interesaba, se les paseaba desnudos por las plazas para herrarlos, así que María Rosa y yo pudimos examinar a nuestras anchas toda su anatomía, pues nadie se ruboriza al ver en pelo a un caballo y, aunque la Iglesia aceptara, de muy atrás, la presencia de negros de un alma insuflada de Dios, aquello no era dogma de fe y las buenas gentes preferían hacerse la de oídos sordos, de modo que saboreamos a nuestra guisa todas sus vergüenzas que él, por tradición africana, nada hizo por ocultar, y yo en la bañadera, aquella noche de tempestad […] evoqué aquella anatomía de gladiador y ese solo pensamiento me sumió de nuevo en la batalla…” (p. 97).

Es decir: en la masturbación. Algo que ella todavía juzga pecaminoso. Aun cuando no hubiera alusiones sexuales, la educación católica la hace temer de su propia desnudez cuando, por ejemplo, se baña en la playa de Zamba solamente con las mujeres.

“Esas imprecisas sensaciones de la desnudez en grupo, que aunque fuese de solo mujeres a mí se me antojaba un tanto pecaminosa, un tanto desafiante, porque desafiantes parecían nuestros cuerpos contra el viento como esas damas desnudas de los mascarones de proa, mientras nos amenazaba el mar con su ventripotente mugido de órgano eclesiástico”. (p. 98).

Pasemos ahora al primer encuentro erótico con Federico, su novio, el muchacho astrónomo. Genoveva prefiere recordar los meses inmediatamente anteriores al ataque de los piratas, cuando todo parecía idílico y Federico Goltar, su joven amante, la invitaba a subir a la terraza de su casa a observar, a través de su pequeño telescopio, la diminuta luz de un nuevo planeta, verde en el cielo estrellado, mientras abajo sus dos familias de origen español, los Goltar y los Alcocer, cenaban y hablaban de negocios. Los encuentros entre ambos arrancan con caricias vagas y pasan a otras instancias cuando sus dos familias van de paseo a cierta playa cercana a la ciudad, y aunque en un sector se bañan las mujeres y en otro los hombres, Federico se adentra en el mar y se asusta por haberse alejado de la orilla, hacia la que nada desesperadamente, sin advertir que llega al sector de las mujeres topándose a bocajarro con Genoveva completamente desnuda. Aquí hay un momento de despertar erótico:

[…] frente a él había un espectáculo muy bello, es decir, me hallaba yo enteramente desnuda y con los brazos cargados de cocos, y creo que por un momento no logró reconocerme, absorto como quedó en mi pelvis sombreada, mientras a mí la pirámide de cocos se me iba al suelo como una catarata fibrosa y maciza, golpeándome uno de ellos el dedo gordo del pie, entonces lo vi pasear con la mirada desde mi ombligo hundido como el hoyuelo de un animalito de playa hasta mis pezones como pitones retadores, hasta mi cuello grácil y blanco, hasta mi rostro que lo miraba con perplejidad y temor, como si en lugar de Federico se tratara de un enemigo milenario […] y en vez de ceñirme a su cuerpo como me lo dictaban mis latidos más firmes, privaron en mí mis diecisiete años de formación cristiana y, naturalmente, la idea de ser aquel día… Jueves Santo..., así que sin saber cuándo, sin completa conciencia de los que hacía, lancé un berrido tan fuerte y un lárgate no seas estúpido, que el pobre Federico corrió desolado… [con] la mirada enceguecida de quien ha visto desnuda a una mujer blanca… [3]

Otra vez, al día siguiente, ella decide perdonarlo y le dice que se encuentren en secreto al anochecer, para caminar juntos por la playa a la luz de la luna. Esa noche Federico no puede estar más feliz porque se ha encontrado con uno de los piratas, un francés, y cree que ese francés, aunque sea pirata, puede conducirlo a Europa, a revelar sus descubrimientos, y Federico celebra esa felicidad con Genoveva, y la conduce hacia el palmar.

Federico empezaba a arrastrarme y yo tuve que permitírselo, aunque suponía que cualquier arrebato excesivo del muchacho debería ser cortado a tiempo, esta vez con dulzura y tacto, porque a la alcoba de las mujeres honradas se entraba por la Iglesia, ya dije que eso pensaba, y en efecto me condujo hasta un claro donde tendidos, según dijo, podríamos ver las estrellas y enviar sus guiños cómplices desde los espacios infinitos, per no creo que fuera aquel su propósito porque nos tumbamos sobre los cadillos y yerbajos, y creo que iba a tratar de abrir mi blusa y buscar mis pezones, no sé si hubiera hallado el valor para impedírselo, cuando la luna proyectó sobre nosotros una sombra… (p. 149).  

La sombra es la de la hermana de Federico, María Rosa, la chica envidiosa de quien no será tan fácil deshacerse. María Rosa nunca pudo superar la mentalidad educada en el amor a la autodestrucción, “que es el gran principio del cristianismo, simbolizado en el suicidio de Dios en la cruz, por esa premeditada redención que se me antoja, por lo que a Jesús concernía, el colmo del orgullo satánico” (p. 449). Más allá de esa educación (que también Genoveva recibió y superó) había algo más en el alma de María Rosa. Algo sucio. Y “cuando un vaso no está limpio, cualquier bebida que en él se vierta, así sea la ambrosía de los dioses, se vuelve necesariamente agria”. (p. 448). 

 Puesto que estoy hablando de sexo, de cuerpo y alma, conviene también hacer una diferencia entre erotismo y pornografía. Erotismo es todo lo que se hace antes de llegar al acto sexual. Pornografía es aquello que ya realizan sobre el colchón dos cuerpos desnudos. La relación de Genoveva y Federico, temo decirlo, se queda en erotismo. En cierto momento, sin embargo, se alcanzan a desnudar. De hecho,  hay dos instantes en que la consumación de la pasión sexual queda inconclusa. Era parte de la maestría de Germán Espinosa advertir cómo todo amor, cómo todo verdadero amor, siempre queda inconcluso por lo mismo que es insaciable. Después del encuentro en la playa nocturna y en medio de la confusión en que se sumió la ciudad ante la inminente toma de los piratas, Genoveva y Federico aprovechan que sus padres no están en casa para encerrarse en la habitación. Habla Genoveva: 
   
“…no tuve fuerzas para evitar que abriera mi blusa y empezara a besar y a succionar con dulzura mis pezones, con tanta dulzura que, de repente, pasé de la mórbida voluptuosidad a un intenso relámpago de placer que me anuló la mente, algo súbitamente monumental, glorioso, que me hizo desear que me rasgara todas mis vestiduras y me poseyera de una vez, sin más preliminares, sí, sí, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una gua convulsa, y apartando la basquiña y el almidonado miriñaque, bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y alcancé a ver brillar, fuera de sus bragas, la antorcha victoriosa de su falo, insinuado como una brasa espléndida en lo alto de una torre albarrana, entonces la puerta, que él había entornado, se abrió violentamente… (p. 191)

Otra vez los descubre la hermana envidiosa de Federico… El otro episodio es aun más intenso, pues se da en medio de la guerra y de la peste que ya ha cobrado la vida de sus padres y de muchos habitantes de la ciudad. Ya no queda más sino unirse. Pero Federico está sumido en la locura, en la esperanza de que los piratas lo llevarán a Francia para que él, entre los científicos, revele sus observaciones astronómicas. Genoveva quiere hacerle caer en la cuenta que no hay esperanza. Esos piratas no son sino unos carniceros.  Por momentos hasta se olvida de él y se precipita en el amor lésbico con una de las criadas de la casa. Se bañan juntas, desnudas, y ella lo hace como una manera de despecho. Pero cuando nota un acercamiento de Federico, no duda en recobrar la pasión perdida:

“...le grité que sí, que yo seguiría perteneciéndole hasta el final de los tiempos, soy tuya hasta la raíz del alma, ¿no lo entiendes?, tuya y solamente tuya, tómame ahora, ya nada ni nadie podría vedártelo, tómame y poséeme de una vez y para siempre y reanudemos nuestra alianza de otros días, hazlo ya, vamos, te amo, mi alocado muchachito, y él me estrechó al tiempo que rompía en un único y desgajado sollozo, en un diserto sollozo que compendió todo su fracaso y su desmoronamiento interior, también toda la soberbia inútil y un tanto corrompida que parece anidar en los hombres con talento superior, esa epilepsia satánica, desproporcionada, que creí ver en Voltaire la vez que algún articulista de pacotilla osó llamarlo escritorzuelo, y un sollozo que resumía por igual la victoria de la naturaleza primitiva sobre el ambicioso intelecto, porque con él triunfé sobre su chifladura, conseguí que Federico me siguiera de vuelta por las escaleras, todavía rezongaba, de tiempo en tiempo, sólo Leclerq puede salvarme, sólo Leclerq, mas estoy segura que ahora se había confiado por completo a mí, a mi fuerza superior a la suya que le abría complicemente las comodidades de la derrota frente a una lucha que, en lo íntimo de sí, había temido siempre asumir por sí solo, así su desesperación resuelta en docilidad me permitió conducirlo hasta su propia alcoba, donde, con la ayuda de Bernabé, lo desvestí minuciosamente, despaché al esclavo y le pedí vigilar por si alguien nos espiaba, para consagrarme a besar poro por poro su transpirante anatomía, a ahogar en las delicias del amor su rebeldía que no fue nunca otra cosa que un sustituto de su frustración, a entregarle todo el placer que pudiera desear, a acariciar dulce, aquerenciadoramente su falo que se hinchó con saludable prontitud, entonces me atrajo hacia sus labios y comenzó a desvestirme con prisa, colaboré con torpes movimientos y, en cuestión de segundos, como en aquel Domingo de Pascua en que me empujó a pesar mío hacia mi alcoba de la plaza de los Jagüeyes, ansié que me poseyera de una vez, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una agua convulsa, y bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y vi brillar la brasa espléndida de su glande, que iba ya a penetrarme, cuando de pronto se  abrió, también como en aquel Domingo Pascual, la puerta de la habitación y una carcajada atronó como cosa del diablo... (p. 219) 

También hay pornografía. No se podía evitar. Los piratas hicieron lo que su novio Federico, por la impertinencia y envidia de su hermana María Rosa, no pudo hacer. Penetrarla. Desflorarla. Y es el pirata francés de nombre Leclerq el que, por la fuerza, lo consigue:

“… me asió en aquel momento por el cuello y, con la ayuda de los otros malparidos, me tendió en las baldosas y me penetró dolorosamente con su virilidad amoratada, rodó la sangre que debía inmolarse para Federico, se redujo a carúnculos multiformes el repliegue de la mucosa vaginal, se abrió el himen en un himeneo de infamia, ay muchas veces me dijo mi madre que el destino de las mujeres, como el de las flores, era el de ser cogidas en su más bella floración, pero a mí me despetaló una ave de rapiña”. (p. 484)


Hasta aquí el cuerpo y alma en La tejedora de coronas. 
-- 





domingo, 9 de septiembre de 2012

Germán Espinosa y el amor



Por Álvaro Bustos González

Dicen los neurofisiólogos que los niños lo que necesitan es ser felices, y los niños son felices sólo cuando sus padres les demuestran amor. La alegría que surge de los regalos o de la navidad es otra clase de emoción, más bien fugaz. La felicidad que produce la ternura de los padres es lo único que le permite al niño adquirir la noción de que el amor es eterno. El sentimiento que profesamos a nuestros padres, en cambio, no se debe al hecho palmario de que sean nuestros progenitores, sino a la circunstancia de que es un apego que comienza en la infancia, una edad en la que las raíces del alma quedan sembradas para siempre. El proverbio de que el amor es eterno mientras dura no pasa de ser una cínica tontería, ya que cuando éste es verdadero sus confines nunca pueden vislumbrarse.


 Un amor que se acaba no es amor; un amor que perdura a pesar de las más adversas contingencias es la más noble y elevada expresión de la voluntad humana. Ya lo había dicho Shakespeare: “El amor no es nada cuando entra en consideraciones que no atañen a su fin supremo, y el fin supremo del amor no es otro que el amor en sí”. Querría esto decir que esta pasión es un sentimiento que se basta a sí mismo, y que cualquier condición que se le anteponga, o cualquier exigencia que pretenda subordinarlo, desconoce su prístina naturaleza, aquella que lo hace perpetuo, como la vida y la muerte. 

El padre de Germán Espinosa, don Lázaro Espinosa González, era un hombre culto, amigo de los versos. En algún momento tuvo que viajar a Nueva York y desde allá le dedicó un soneto a Germán que debió inspirarle a éste, creo, los motivos primordiales de su literatura:

Tú fuiste como un ancla, mi pequeño,
para la nave en busca de la rada;
sin la esperanza de tu ser, mi ensueño
era una voz perdida entre la nada.

Fue verdad la ilusión y eres mi dueño.
Así te quise: negra la mirada,
noble hermosura en el perfil risueño
y blonda la cabeza enmarañada.

Hoy una ruta para mí se inicia,
lejos ya de tu voz y tu caricia,
lejos de tu reír y tu querella.

Mas tu recuerdo entre mi sombra oscura
tiene, volviendo gozo la amargura,
el fulgor titilante de una estrella.

Estos endecasílabos de don Lázaro, hoy, serían objeto de desdén o vituperio, pero nadie podría quitarles la intención de expresar un amor puro que, tal vez, como antes lo insinué, pudo haber sido el umbral de la vocación de su hijo hacia una literatura fundada en la vida y en los afectos más profundos.

Porque en la vasta obra de Germán Espinosa, que rezuma cultura y universalidad, ningún lugar ocupan los amorcejos de la jovencita que se acerca al hombre mayor para esquilmarlo con el precio exagerado de unas cuantas caricias, ni hay alusiones a las mujeres insubstanciales que salen en busca de aventuras al vaivén de sus fracasos, y menos se describe el patetismo de un par de amigas otoñales, solitarias por decisión propia, planeando al calor del vino una vida postrera y subsidiaria en la compañía de alguien que no tenga una connotación diferente a la de un marido tardío, que sólo sirva como una penosa sombra de viejas pasiones ya apagadas. No, aquí el amor es de verdad, estremecido y trepidante.

¿Qué si no amor hay en Noticias de un convento frente al mar, donde el trato íntimo entre una novicia y una abadesa inauguró un momento estelar en la narrativa colombiana, en la que nunca se había mencionado la relación tribádica? “Porque sé muy bien que el caserón sólo es frecuentado ahora por iguanas y salamanquejas, que se alojan en las grietas de las tumbas monacales, como alguna se alojó alguna vez en mi hábito, que bien pudo ser una hipóstasis de mi demonio interior”, recordaba la aprendiza refiriéndose a su experiencia erótica.

¿Acaso no tienen nexos con el amor reprimido los desvaríos sicalípticos de Juan de Mañozga, el inquisidor de Los cortejos del diablo?

¿Qué si no amor hay en Cuando besan las sombras, si mientras Fernando y Marilyn copulan, el bramido orgásmico no surge de sus interioridades sino de los sollozos de una mujer fantasmagórica que toca el piano envuelta en un manto de neblina?
¿Qué si no amor, rodeado de música y erudición, hay en los tormentos alucinados de Braulio Cendales por Mabel Auselou en La balada del pajarillo? ¿Habrá una fórmula más arcaica que esta jaculatoria, no por eso menos enamorada, de Braulio a Mabel en el pináculo de su locura?: “Quisiera que mis ojos se cerraran cuando no puedo verla. Repito su nombre en la soledad de mis noches. En mi alma suenan tonadillas muy dulces cuando usted aparece. Usted ha sembrado una flor en mi espíritu. Usted complace los anhelos más arduos de mi fantasía. Usted conduce el mundo del esplendor. Usted es más que el sol y la luna. Usted derrama sobre mí el rocío de la salvación. Por su boca hablan mis plegarias”.

¿Y qué si no amor es en La tejedora de coronas el que le profesa Genoveva Alcocer a Federico Goltar, al tiempo que ella disfruta de su instinto en los brazos o en las cavilaciones de los científicos y humanistas más eminentes de su tiempo, y a veces en el simple sexo de oportunistas o violadores que despiertan su fácil aquiescencia?
¿Y qué decir de Aspálata, la hetaira de El signo del pez, cuando le pregunta a Saulo de Tarsis: ¿Sabías que la desconfianza es el primer peldaño hacia la soledad? O cuando exclamó en su presencia: “Te equivocas. Nunca me has defraudado. Eres lo que sueño que eres, lo que deseé que fueras. Soy yo la que se defraudó a sí misma. La que te defrauda a ti. Te amo, te amo demasiado y por eso debo alejarme de ti”. ¿No es ésa la perfecta servidumbre del amor? Pero Aspálata va más allá, y adivina la tragedia que habrían de padecer los enamorados cuando caen en manos de la murmuración y la insidia: “Hay que advertir una cosa, que no es el hombre, por su albedrío o por la flaqueza de su carne, como parecía sugerirlo la tradición hebraica, el que labra su desdicha, sino, en buena medida, poderes sociales que deben ser sometidos a un orden ético”.

Haber sido la amante de Voltaire, como fue el caso de Genoveva Alcocer, aun en el contexto múltiple de una obra literaria, sugiere que en la mente del autor ronda la idea de que una gran mujer no puede amar sino a un hombre ilustre, y eso, por contraposición, desconceptúa a aquellas heroínas que, llevadas por sus ligerezas o imprevisiones, encandiladas por el mundillo que las rodea, en el que los idilios se fundan en provechos menores, sucumben a la lisonja y el adocenamiento. Ahí los amantes no son los hombres de letras, los investigadores ni los filósofos: esa función la cumplen unos especímenes que gozan de aprobación porque son prácticos, adinerados y sospechosamente encantadores. Ahí se cumple aquello que decía Genoveva en el sentido del destino veladamente putesco que padecen las mujeres, siempre preocupadas por quién les pague esto o aquello, y se dan baldías la malicia y la audacia, al lado de todas las argucias de que son capaces los detentadores del poder, cuyas destrezas nada tienen que ver con abstracciones románticas ni idealismos, sino con la descarnada ambición de poseer para ostentar y sojuzgar.

Pero donde la pasión adquiere en la obra de Germán Espinosa una dimensión inabarcable por su aspecto metafísico, es en Aitana, la novela que dedicó a su mujer, la pintora Josefina Torres, por la que sintió un amor que jamás hubiera podido ser disuelto por una bagatela. Ella falleció en sus brazos de un infarto fulminante, sentada junto a la mesa esquinera donde todavía alentaban, erguidas, las rosas blancas que el día anterior habían comprado juntos en un dispensario. Este gran amor, asimismo significó para Germán Espinosa una indagación en los recodos de la ciencia, en cuanto el amor tiene de objetivo y verificable, en las religiones, en lo que puede tener de sagrado, y en la filosofía, en cuanto ésta puede dar sentido a la existencia.
Ese amor por Josefina, como todo amor, también quedó inconcluso, y su dicha siempre estuvo perturbada por la certeza de que algún día la muerte habría de separarlos. Mas una cosa es la separación por muerte natural y otra la que sobreviene cuando el ser amado cruza por el filo de un precipicio en dirección del abandono, habiendo convertido su alma en un páramo sin memoria ni gratitud, sólo regido por las convenciones psico-sociales y el vano orgullo que pretende dignificarse con la indolencia y el aislamiento propios de la edad madura. El fin de todas las cosas, según lo afirmó Amiel en su diario, puede marcar dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos más fervientes o ayudarnos a cumplirlos a plenitud. En este caso habría que convenir en que de todos modos estamos condenados, que el sufrimiento es algo consubstancial a la vida, y que nadie escapa a sus asechanzas, por lo cual estas palabras de Germán Espinosa en Aitana discurren a contrafaz de todas las ilusiones que se forjan a la sombra de los sueños: “Nuestro mundo no está hecho para la paz ni para el amor: la sola presencia de la muerte, que nos envuelve bajo múltiples ropajes, descarta toda posibilidad de encontrarlos, salvo en la entraña de nuestros corazones”. Así las cosas, cuando el amor se remite al ámbito del corazón, entonces hay que ir a buscarlo en la más admirable y menos común de las virtudes del género humano: la bondad.

Para perseverar en el amor hay que ser compasivos; para dejar de amar sin un motivo válido, sólo porque nuestra percepción moral así nos lo impone, o porque nunca creímos en nada y nos limitamos a vivir sin convicción, no se necesita más que un cierto egoísmo y un soterrado deseo de vindicta. Mejor lo expresó hace un lustro un modesto cronista de estas tierras: “La dignidad no consiste en una mera subordinación a las convenciones ajenas y sus interesados fariseísmos, sino al acto de honrar con nuestros mejores sentimientos, haciéndolo perdurable, el vínculo que nos une o nos ha unido a alguien con la vana pretensión, ya lo sé, de la eternidad”.

¿Por qué pensó Octavio Paz que el gran sacrificado de nuestro tiempo había sido el amor? Quizá porque la era que estamos viviendo está definida por la superficialidad, y el amor es una vivencia difícil, exigente, una flor de sangre en la que destino y libertad se hallan indisolublemente unidos. “Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas”, le escribía Pablo Neruda a Matilde Urrutia.

Hoy todo lleva la marca de lo frívolo. Los estadistas desaparecieron, en la plástica se han impuesto corrientes grotescas, la relación entre la ciencia y las humanidades, que nunca ha sido feliz, se ha deteriorado por la incultura de los científicos y la ignorancia de los artistas; en la vida cotidiana no se escuchan sino sandeces, los clubes remplazaron a las bibliotecas y las pasarelas acabaron con el ágora donde los hombres de pensamiento exponían sus ideas; el poder intoxicó a la sociedad, y cualquier badulaque con un cargo y un presupuesto es percibido como un semidiós por sus paniaguados.

En ese escenario, donde predomina lo banal, el amor agoniza. El beneficio material lo condujo al cementerio de las fantasías. El gran mérito de los amantes, su independencia y altivez, se diluyó ante el sanedrín de los cálculos y las aprensiones. Y así, avergonzada y moribunda, aquella pasión, la más humana de todas, dimitió de su grandeza y se redujo a las formas mendicantes de la aceptación social. El aforismo de Quevedo, “si más allá de la muerte hay amor, vale la pena morir”, ya no tiene vigencia. El amor que se basta a sí mismo, como en la obra de Germán Espinosa, tampoco existe. Germán murió abrazado al recuerdo de su amada, y nos dejó, a manera de epitafio, un poema que habla de su deslumbrada sensibilidad:

Fui una página de Rubén Darío
que me alegró en la infancia profunda.
Fui una aliteración de Verlaine.
Fui un autorretrato de Van Gogh
que es el más bello reproche
que se me hizo.
Fui el rosa pálido de un crepúsculo
o el instante en que, al concluirla,
reinicié la lectura de Ulises.
Fui esa noche en tus brazos.
Fui la suma de mis instantes felices.

martes, 24 de abril de 2012

TODO AMOR QUEDA INCONCLUSO


(Pintura de J. A. Garrucho: http://www.taringa.net)


Genoveva y Federico están enamorados y desesperados por consumar su pasión, por demostrarlo con sus cuerpos; sólo que ambos viven con sus padres y carecen de un lugar privado en donde puedan saciar eso que les quema las entrañas y los impulsa a quitarse la ropa y besarse enteramente desnudos.  En "La tejedora de coronas" hay dos instantes de ese amor  en que la consumación de la pasión sexual se prolonga o bien queda inconclusa. Era parte de la maestría de Germán Espinosa advertir cómo todo amor, cómo todo verdadero amor, siempre queda insaciado. Habla Genoveva: 
   
…no tuve fuerzas para evitar que abriera mi blusa y empezara a besar y a succionar con dulzura mis pezones, con tanta dulzura que, de repente, pasé de la mórbida voluptuosidad a un intenso relámpago de placer que me anuló la mente, algo súbitamente monumental, glorioso, que me hizo desear que me rasgara todas mis vestiduras y me poseyera de una vez, sin más preliminares, sí, sí, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una gua convulsa, y apartando la basquiña y el almidonado miriñaque, bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y alcancé a ver brillar, fuera de sus bragas, la antorcha victoriosa de su falo, insinuado como una brasa espléndida en lo alto de una torre albarrana, entonces la puerta, que él había entornado, se abrió violentamente…(p. 191)

El otro episodio es aun más intenso: 

...le grité que sí, que yo seguiría perteneciéndole hasta el final de los tiempos, soy tuya hasta la raíz del alma, ¿no lo entiendes?, tuya y solamente tuya,tómame ahora, ya nada ni nadie podría vedártelo, tómame y poséeme de una vez y para siempre y reanudemos nuestra alianza de otros días, hazlo ya, vamos, te amo, mi alocado muchachito, y él me estrechó al tiempo que rompía en un único y desgajado sollozo, en un diserto sollozo que compendió todo su fracaso y su desmoronamiento interior, también toda la soberbia inútil y un tanto corrompida que parece anidar en lo shombres con talento superior, esa epilepsia satánica, desproporcionada, que creí ver enVoltaire la vez que algún articulista de pacotilla osó llamarlo escritorzuelo, y un sollozo que resumía por igual la victoria de la naturaleza primitiva sobre el ambicioso intelecto, porque con él triunfé sobre su chifladura, conseguí que Federico me siguiera de vuelta por las escaleras, todavía rezongaba, de tiempo en tiempo, sólo Leclerq puede salvarme, sólo Leclerq, mas estoy segura que ahora se había confiado por completo a mí, a mi fuerza superior a la suya que le abría cómplicemente las comodidades de la derrota frente a una lucha que, en lo íntimo de sí, había temido siempre asumir por sí solo, así su desesperación resuelta en docilidad me permitió conducirlo hasta su propia alcoba,donde, con la ayuda de Bernabé, lo desvestí minuciosamente, despaché al esclavo y le pedí vigilar por si alguien nos espiaba, para consagrarme a besar poro por poro su transpirante anatomía, a ahogar en las delicias del amor su rebeldía que no fue nunca otra cosa que un sustituto de su frustración, a entregarle todo el placer que pudiera desear, a acariciar dulce, aquerenciadoramente su falo que se hinchó con saludable prontitud, entonces me atrajo hacia sus labios y comenzó a desvestirme con prisa,colaboré con torpes movimientos y, en cuestión de segundos, como en aquel Domingo de Pascua en que me empujó a pesar mío hacia mi alcoba de la plaza de los Jagüeyes, ansié que me poseyera de una vez, que taponara esa cisura, que se zambullera en mí como en una agua convulsa, y bajé las enaguas para exponer frente a sus ojos el vellotado de mi sexo, y vi brillar la brasa espléndida de su glande, que iba ya a penetrarme, cuando de pronto se abrió, también como en aquel Domingo Pascual, la puerta de la habitación y una carcajada atronó como cosa del diablo... (p. 219) 


domingo, 1 de abril de 2012

La desconfianza es el primer peldaño hacia la soledad

Portada de El signo del pez
"¿Sabías que la desconfianza es el primer peldaño hacia la soledad"?
Quien desconfía se va quedando solo. Sin amigos. Sin amor. No hay que hacer tanto caso de las palabras.

"¿Tan niña eres que te asustas todavía de las palabras? ¿Que llegas al extremo de confundirlas con realidades? Si así fuera, entonces la mentira podría ascender al rango de lo sagrado. Hace tiempos los griegos sabemos que las palabras no son otra cosa que representaciones de conceptos, verdaderos o falsos". (p. 134).

"Te equivocas –cas gritó entre sollozos [Aspálata]–. Nunca me has defraudado. Eres lo que sueño que eres, lo que deseé que fueras. Soy yo la que se defraudó a sí misma. La que te defrauda a ti. Soy inferior a ti. Soy un estorbo para ti. Te amo, te amo demasiado y por eso debo alejarme de ti". (p. 168).

Hay que advertir una cosa. "Que no es el hombre, por libre albedrío o por la flaqueza de su carne, como parecía sugerirlo la tradición hebraica, el que labra su desdicha, sino, en buena medida, poderes sociales que deben ser sometidos a un orden ético".

En caso de conflicto, ¿qué hacer entonces?

"La fuga no es, por cierto, recomendable. Quien se oculta, pensó, redobla el valor del enemigo. Quien huye invita a que se le persiga. Quien se resiste ignora el poder de Dios. No; lo mejor es esperar". (p. 268)

"Aquella raza griega que llegó a hacer del conocimiento una especie de fiesta y que deseó extraer de la paideia un hombre nuevo, transformado casi absolutamente por la educación". (p. 207)

"Clarificar, clarificar el mundo a toda costa".

Explicación de cómo los griegos concibieron la noción del individuo:

"Un telasonio, entre risas, condescendió a explicarle que una piedra no podía ser un individuo, puesto que, si se le rompe, cada pedazo sigue siendo por sí solo una piedra. En cambio, el fragmento de una tortuga no era ya una tortuga, por lo cual metafísicamente la tortuga era indivisible, era un individuo. En otras palabras, se tenía por individual aquello que podía ser sujeto de uno o más predicados, pero él mismo no podía ser predicado de otro sujeto, explicación aristotélica que lo turbó. Comprendió que mientras los helenos actuaban con estricta independencia, los demás pueblos del mundo lo hacían a la manera de colmenas o de hormigueros regidos por una mente gregaria e infinitamente divisible". (p. 195)

"No hay en el mundo encuentro casual que no sea, secreta o misteriosamente, una cita". (p.132)